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Fiesta de la Vendimia de Colchagua: 20 años a tres voces

Es difícil pensar que hasta hace dos décadas, estas fiestas no eran celebraciones populares. Menos reconocidas. Esto comenzó a cambiar con la irrupción de la Vendimia de Colchagua, la que puso en la mira un valle completo, dando entender además que el vino y la cultura popular hacen causa común con la localidad que las acoge. Esta es parte de su historia, contada por tres de sus realizadores.

POR ÁLVARO TELLO | FOTOGRAFÍA CLAUDIA MATURANA N., ARCHIVO VIÑAS DE COLCHAGUA A.G.

“La alegría y celebración original del fruto logrado”, es la frase a comprender, pues los romanos entendieron que la uva que se come, se cosecha; mientras que la utilizada para el vino, se vendimia. Pero el desgrane no sólo es vegetal. En la antigüedad, era también una invitación a que el pueblo gozase de diversas manifestaciones culturales, siendo la oportunidad de congregarse y actuar en la vida pública, permitiéndose ciertas libertades.

En nuestros días, esta práctica no ha cambiado mucho. Sin embargo, hace no más de tres décadas, hablar de una “fiesta de la vendimia” en Chile, todavía era algo extraño, realizándose en la ciudad de Curicó la única muestra importante del país. Cuestión que vendría a cambiar tiempo después con la aparición de una nueva celebración, que impulsaría el desarrollo turístico–enológico en Santa Cruz y a lo largo de todo el Valle de Colchagua.

CONSUELO LOAIZA: EN RUTA HACIA LA PRIMERA FIESTA DE LA VENDIMIA

En 1996, comienzan las conversaciones entre algunos propietarios de bodegas colchagüinas. El objetivo, ver las condiciones actuales de Santa Cruz como posible escenario. Lo que los productores no contemplaron, era que esos primeros intercambios de opiniones, terminarían inesperadamente por concretar algo mucho más grande.

“Miren lo que se logra partiendo desde cero; porque no había nada”. Las palabras de Consuelo Loaiza son claras. Reflejan la condición en la que se encontraba, por aquel entonces, la incipiente asociatividad de viñas en el Valle de Colchagua, cuyos límites eran imprecisos, abarcando apenas desde San Fernando –bordeando el Tinguiririca– hasta llegar a Santa Cruz.

En su génesis, todo parte con un Proyecto Asociativo de Fomento (Profo), potenciado por Héctor Leiva, de Corfo, Rosita Salinas, de Sercotec, y el Alcalde de Peralillo, Gerardo Cornejo. “Ellos pusieron los ingredientes”, señala Consuelo. En torno al proyecto, se une un grupo de empresarios vitivinícolas, entre ellos José Miguel Viu, Francisco Torreti; Hernán Gras, Alejandro Hartwig, Osvaldo Bisquertt y Eduardo Díaz.

Ofreciendo su disponibilidad, Consuelo Loaiza, esposa de Eduardo Díaz, toma las riendas de la asociación, inscribiendo a su paso la marca Ruta del Vino. Durante su gestión, con un ojo puesto en la Fiesta de la Vendimia de Mendoza, y otro en la de Curicó, concluyen realizar una versión propia, reuniendo a productores e incorporando la gastronomía y artesanía local. “Conseguimos auspicios, apelamos a nuestros amigos, convocamos a los cocheros. Ideando una fiesta popular, involucramos a la Iglesia y a otros municipios. Fuimos ambiciosos y localistas. Y les dijimos a todos: ‘encáchanse, porque hay que hacer una fiesta’. Y desde la inexperiencia nos lanzamos y fue un, ¡Ya, listo!, hagámosla”.

En plena ejecución, Consuelo comenta que entre la precariedad y escasez de recursos “unos se quedaron mirando a ver qué pasaba, otros se involucraron bastante más. Héctor Valenzuela, por entonces alcalde de Santa Cruz, enganchó con la idea y puso todo a disposición. Carlos Cardoen tuvo un papel preponderante, no sólo empujando, sino que dispuso de todo cuanto pudo y todo cuanto se necesitaba. Él y Pilar Jorquera fueron fundamentales, recibían a la gente vestidos de huaso, estuvieron de principio a fin. Eso fue muy importante. Carlos fue nuestro embajador”, señala.

Al son de carros alegóricos y candidaturas a reina, en marzo de 1999 se da inicio a la Primera Versión de la Fiesta de la Vendimia de Colchagua, que tuvo ribetes criollos, donde se convocó y reunió a la comunidad santacruzana y colchagüina en torno al vino. Comenzaba la historia…

THOMAS WILKINS: MARCA “COLCHAGUA”

“Entendí que el potencial real de todo esto era el turismo internacional, pues no existía la cultura del turismo del vino en Chile”. Este fue el primer objetivo o idea a canalizar de Thomas Wilkins, quien se incorpora a la Ruta del Vino desde 1998 hasta 2009. La idea era establecer una ruta turística, estructurarla y comercializarla. Por ese entonces, sólo dos viñas estaban en condiciones de brindar una experiencia enoturística, con comodidades básicas para recibir a los visitantes.

Tomando la posta del turismo y la vendimia, y con sólo una versión realizada, el ex gerente de Viñas de Colchagua se dio cuenta que la fiesta carecía del arraigo suficiente, de la musculatura necesaria. Se aboca entonces a la reingeniería del evento, centrándose en la difusión y dándole un aire de espectacularidad. “Me interesaba que viniese gente de Santiago, que participara, que se generara la unión entre la comunidad local, y quienes serían los potenciales consumidores de nuestros vinos, que los conocieran y los consumiesen”, añade Wilkins.

Por lo tanto, debía darle fuerza permanente e internalizar un discurso ante la comunidad, entendiendo que la vendimia se posicionaría como un punto de encuentro. La tarea fue generar el ruido suficiente, darle cobertura y notoriedad, crear cohesión y aterrizar el concepto de que el objetivo de estas fiestas, eran a largo plazo.

Como extensión del enoturismo, la vendimia comienza poco a poco a convertirse en parte del calendario festivo, del círculo social. Incrementando visitantes año tras año, “hubo una razón para crecer, algo que era una combinación de pasión y de mucha locura: trajimos reconocidas modelos como candidatas a reina, personalidades como Marlen Olivarí, prensa general, prensa del vino, hacíamos galas; era una fiesta para el vino”, señala.

Thomas reconoce que existe algo más importante o superior, que facilita la realización y apoyo a esta fiesta: “Hay una gran diferencia con otros valles. Acá existe una mística, un orgullo en decir ‘soy colchagüino’, y eso permite que todos vayan para adelante”, confiesa.

MAITE RODRÍGUEZ: ASOCIAR, CONSOLIDAR Y CONTINUAR

“En cada Vendimia es necesario articular un equipo potente y establecer buenas alianzas, así como estructurar el espacio y organizarlo adecuadamente para desarrollar una versión cada año más exitosa. Este aprendizaje ha sido internalizado por todos los involucrados y nos sentimos orgullosos de lo que hemos logrado”, nos señala, llena de convicción, Maite Rodríguez, quien desde 2011 se desempeña como gerente general de la Asociación Gremial de Viñas de Colchagua, y en cuya gestión, ha puesto en alto la bandera de la asociatividad entre viñateros; el sector público, representado por la Municipalidad de Santa Cruz; y el sector privado, en la figura del Casino Colchagua.

“Consuelo Loaiza, Thomas Wilkins y aquellos que los acompañaron desde los inicios, como Alejandro Hartwig y José Miguel Viu, entendieron esto desde el origen: que la vendimia debía acercarse a la gente, ser concebida para ellos. Y lo consiguieron, la posibilidad de hacerlo estuvo en sus manos y la pusieron a disposición. Ese espíritu se mantiene vigente”, concluye Maite.

Con 21 viñas asociadas –en estas dos últimas versiones– enólogos, gerentes y representantes, se encargan de atender sus stands, dándole más sabor la muestra. En ella, son distintos los vuelos por copa que se disponen. Los hay económicos y, por otro lado, están los íconos, ofrecidos por un valor superior. Quienes fueron por esos vinos, se abarrotaron por una rica selección de etiquetas, hecho que engrandeció la muestra y ratificó la existencia de un nicho creciente de consumidores que buscan, por sobre todo, calidad o ampliar su registro. “La incorporación de vinos de alta gama es un éxito, es una invitación a que las viñas puedan mostrar lo mejor de su portafolio e incluir a quienes buscan nuevas experiencias y diversificar la muestra. Estos vinos necesitaban un espacio en la vendimia, y se lo dimos”, comenta la gerente.

Detrás de todo el trabajo realizado durante estos años, Rodríguez agrega que existe una meta trazada: “Esperamos que cada persona que venga a la Fiesta de la Vendimia pruebe los vinos de Colchagua, disfrute de un grato ambiente, de una buena experiencia. Así se convertirán en embajadores de nuestros vinos, los preferirán y volverán por ellos”, recalca.

El emblemático y consolidado evento colchagüino, representa una muestra de la realidad regional, donde se congrega la artesanía y la gastronomía popular, permitiendo que el vino sea el alimento a saludar. Pero no podemos obviar algo importante. Desde su experiencia, las personas que se esfuerzan por sacar adelante cada versión de la Vendimia, han realizado un aporte significativo en términos de carácter, perpetuando esta celebración no sólo en el tiempo, sino también en el imaginario cultural de una provincia entera y sus habitantes.

El enorme compromiso de los viñateros y del directorio de Viñas de Colchagua A.G. para con el desarrollo de esta fiesta, deja de manifiesto el orgullo de sentirse parte de este valle y evidencian que cada una de ellos creen en la marca Colchagua.

“Consuelo Loaiza, Thomas Wilkins y aquellos que los acompañaron desde los inicios, como Alejandro Hartwig y José Miguel Viu, entendieron esto desde el origen: que la vendimia debía acercarse a la gente, ser concebida para ellos. Y lo consiguieron, la posibilidad de hacerlo estuvo en sus manos y la pusieron a disposición. Ese espíritu se mantiene vigente”, concluye Maite.

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