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Globalización, patria, prácticas locales y verdad

Nuestra inserción como cultura en la aldea global, tendrá un mayor peso y significado en la medida que valoremos nuestra propia tradición.

Por Sergio A. Vildósola Henríquez
Director Liceo Fermín del Real
Magíster en Administración Educacional Universidad de Madrid

El nacionalismo y las tradiciones, en cuanto ideología, han sido una persuasión de alcance global. Son parte de la planetarización del mundo moderno. Pero la conformación del Estado moderno es inseparable del nacionalismo al momento de entender cada cultura política; nacionalismo y globalización son fenómenos individuales, pero con alto grado de vinculación entre sí.

Hablamos de nacionalismo como una cultura política y cívica que hace de «cemento de la sociedad». En este sentido, la globalización –que requiere una forma de vida cada vez más homogénea– puede percibirse o ser una amenaza real a la supervivencia de la «conciencia nacional» y su propia imagen histórica. Una sociedad es casi siempre un conjunto de grupos, por lo que la pregunta ¿dónde pertenezco?, resulta de una presencia impostergable en la clase, que no contestarla sería una desidia atroz.

El concepto “globalización” y sus derivados (globalizar, globalizado, etc) hacen referencia al Globo Terráqueo, en el sentido de que lo abarca todo. Así pues, esta palabra es una generalización, un intento de hacer un mundo no fraccionado, sino generalizado, donde la mayor parte de las cosas sean iguales o signifiquen lo mismo, tanto en los EEUU como en Tombuctú. En pocas palabras, la globalización tiene objetivos y orígenes sociales y económicos. Está cimentada por los Medios Masivos de Comunicación, cuya influencia abarca los aspectos socio–culturales, políticos y financieros de los involucrados (el mundo entero).

Nuestra inserción como cultura en la aldea global, tendrá un mayor peso y significado en la medida que valoremos nuestra propia tradición. En tal sentido, la globalización se constituye como una gran oportunidad para explorar la memoria histórica dentro de la compleja red de lazos culturales, decantados a través de los siglos entre los países de las diferentes regiones.

La palabra «globalización» ha sido creada –en apariencia– de forma inocente, respondiendo al efecto multiplicador instantáneo que tienen las comunicaciones: la facilidad de intercambiar productos, servicios, avances científicos e intelectuales, así como la promoción de políticas universales respecto a los derechos del hombre.

En el papel, la visión establecida exige un proceso de formación valórica en las escuelas y liceos con un “significativo crecimiento y autoafirmación personal; que les permita relacionarse (a los estudiantes) con los demás y el entorno; que se distingan por una formación moral; y, por último, que desarrollen un pensamiento crítico”. Sin embargo, los valores buscados por el Estado se estancan en el aspecto puramente fenoménico de la existencia y no penetran en sus fundamentos. En particular, no responden al reconocimiento de las dimensiones espiritual y trascendental del ser humano.

La exigencia valórica que se “oficializa”, por ejemplo, en objetivos transversales de la formación ética, y en los relativos a la persona y su entorno, se articulan alrededor de algunas condiciones ambiguas y difusas (tolerancia y pensamiento democrático), arriesgando obtener una persona incapaz de construir una sólida personalidad que, por una parte, se sustente en verdades objetivas, y que por otra pueda discernir con precisión los errores de las ópticas que puede -y no que debe- tolerar o permitir.

Con las ambigüedades sobre el pensamiento democrático y la tolerancia, las ideologías modernas exaltan algunos valores que sólo terminan por construir una persona débil y sin convicciones, con un total desconocimiento del potencial de su existencia. Al respecto, existen dos pensadores contemporáneos que han descrito con lucidez lo que ocurre cuando la educación se materializa en un proceso guiado, principalmente, por valores “políticamente correctos”: ellos son Allan Bloom y Alasdair Macintyre, en sus libros “El cierre de la mente moderna” y “Tras la Virtud”.

En virtud de lo anterior, no se trata de ser solo funcional y obsecuente a esa única verdad, sino de asumir un papel decidido, dar la impronta que requiere rescatar las prácticas locales, fomentar el conocimiento de las tradiciones, repetirlas, conservarlas. Sin duda, este rincón de Colchagua, aún libre del “excesivo progresismo”, hace que “estemos de pies sobre las ruinas”. Conviene recordar entonces que: “El internacionalismo no niega la diferenciación nacional de las poblaciones, sino que se construye como articulación de su pluralismo, de sus diferencias (…)”.

Generar verdades en nuestro entorno es un imperativo ético. No defender la Identidad Nacional –por medio de prácticas locales, tradiciones y rescate de éstas– es vendernos simulacros y, por lo tanto, una forma de mentir y de entregarnos a una mal entendida globalización. “El hombre que no teme a las verdades, nada tiene que temer de las mentiras”.

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