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La Comida Chilena… y la chatarra

“Hemos abandonado una cocina que no sólo nos ayudó a identificarnos como nación, sino también nos alimentó y fue fuente de inspiración de nuestra música, pintura y poesía.

POR LUIZ ALLEGRETTI

La comida chilena es para el imaginario del Valle Central tan importante como el huaso, la cueca y otros mitos constitutivos de un pueblo. De ella nos servimos para identificarnos y mirarnos con esa empatía que permite el desarrollo armónico y productivo de un pueblo.

Los índices de obesidad a los que estamos acostumbrándonos son una alerta aparentemente ignorada, la que nos puede traer fatídicas consecuencias. Pareciera que nos habituamos a vernos obesos, como si siempre lo hubiéramos sido, y los estándares actuales se muestran normales y hasta deseables.

Pero –siempre hay un «pero–- las cosas no siempre fueron así, hubo un tiempo en que los colores locales no eran ofuscados por los falsos verdes, blancos y rojos de un horrible completo a la italiana, donde desde el pan hasta la palta, parecieran gritar sus dudosos orígenes y cuadro nutritivo.
Hubo un tiempo en que las sopaipillas, las cazuelas y los charquicanes, eran los reyes de una dieta variada, rica y nutritiva; nacida de la historia y las tradiciones de un pueblo.

¿Entonces, qué pasó? ¿Dónde está la cocina de la abuela, cuyos vapores todavía se hacen sentir en nuestra memoria reciente? ¿Dónde está la bella simplicidad de una cocina hecha de elementos que, por su bondad y variedad, eran suficiente para garantizarnos bienestar y salud?

¿Por qué en una ciudad como Santa Cruz, en el Valle de Colchagua, hay más fast food que picadas de cocina tradicional?  ¿Por qué hemos cambiado los deliciosos tomates del Secano Costero, por los envasados componentes de la culinaria vendida bajo denominaciones imposibles de ser identificadas con la historia y tradición local?

En algún punto de nuestro pasado reciente, hemos abandonado –no sin un grande costo a pagar– una cocina que no sólo nos ayudó a identificarnos como nación, sino también nos alimentó tanto física como espiritualmente y fue fuente de inspiración de nuestra música, pintura y poesía. Pareciera que junto con el vapor de la cazuela se esfumó también un poco de nuestra chilenidad.

Un desarrollo estable siempre se hizo fortaleciendo los orígenes, no sustituyéndolos o relegándolos al universo de lo pasado u obsoleto.

Es hora de una revalorización de la culinaria local, de formar nuevas generaciones capaces de apreciarla y con imaginación de hacerla crecer, otorgándole condiciones para competir junto a tantas otras en calidad e interés; recordándole al mundo, pero primeramente a nosotros mismos, las bondades de un universo hecho de legumbres, algas, frutas, verduras y toda suerte de dádivas que se espera encontrar en la copia feliz del Edén.

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