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Oscar Ramírez Arriagada: Fraguando la tierra del sol

Considerado un pionero del ballet folklórico académico en Chile, este sanfernandino de fuste nos adentra en los caminos que ha seguido su vida desde sus primeros recuerdos de infancia en la sastrería de su padre, hasta su paso por la universidad y la televisión. También relata sobre la noche que obtuvo junto al Ballet Folklórico Antumapu la Antorcha de Plata en Viña del Mar, por un cuadro basado en una vivencia suya en Puente Negro, y de cómo ha llevado el nombre de nuestro país, su música y tradición por el mundo.

Por Daniel Osorio L. | Fotografía Claudia Maturana N.

Una larga carrera docente y artística, con varios títulos que ratifican una fructífera trayectoria en las artes escénicas, es la huella que aún construye como herencia este talentoso sanfernandino nacido en 1949, quien estudió en el Liceo de Hombres Neandro Schilling y más tarde se transforma en el fundador, director artístico y coreógrafo del reconocido Ballet Folklórico Antumapu de la Universidad de Chile.

Hijo de doña Raquel Arriagada Viedma y del reconocido sastre Pedro Ramírez Ríos, creció entre juegos y travesuras de infancia junto a sus hermanos en la calle Chacabuco, en uno de los barrios antiguos de la ciudad. Allí, entre vecinos y amigos, tuvo sus primeros acercamientos a la música, el cine y los títeres. “Tengo lindos recuerdos del titiritero Pepe Ferrari. Mi padre lo contrataba y él montaba su espectáculo de títeres a la salida de su sastrería en Fiestas Patrias. Me sentaba a ver su espectáculo y cómo usaba unos rayos de bicicleta, para que los personajes de su historia elevaran volantines. Ese recuerdo de niño lo usé en un cuadro folklórico en el programa de televisión Chilenazo”, comenta.

Padre de dos hijos, Óscar y Gimena, la música mejicana la escuchó desde muy joven, pero el cantar de algunos cultores naturales, poetas populares que rasgueaban sus guitarras diciendo décimas, estuvo por largo tiempo en su inconsciente. “En la Universidad empecé a conocer esto en un plano mucho más académico. Me interesé mucho y fui cambiando la música popular por la folklórica a tal punto, que después hice mi tesis de profesor de Educación Física, especializado en Folklore”.

Viajamos hasta Santiago, para conocer más sobre su renombrada carrera, y en una amena conversación nos adentró en parte de su historia.

“El Festival tenía siempre una obertura folklórica. Nosotros la hicimos todas las noches. En esa época no se daba la Gaviota así no más, pues era solo para la competencia. Tuvimos gran reconocimiento del público y nos dieron la Antorcha de Plata”.

De la época universitaria, ¿cuáles eran los grandes referentes de esos años?

En mi época, del 67 hasta el 71, surge el Neofolklore y la Nueva Canción Chilena. Todos estábamos muy relacionados con las peñas folklóricas, era lo que estaba en boga. Participé dentro de un elenco folklórico que había en el mismo Instituto de Educación Física, el que después dio origen al Ballet Pucará y Grupo Aucamán. Pero el Boom lo tenía Ángel e Isabel Parra con su Peña de los Parra, en la calle Carmen 340. Ese era el centro de todo.

En esos lugares hubo muchos otros grupos musicales, que después dieron origen a conjuntos que todavía se mantienen, como Inti-Illimani, por nombrar uno. Fue una linda época.

Ya siendo profesor titulado de la Universidad de Chile, ¿Cómo hizo el cambio del deporte, a la danza y la coreografía?

Tuve el incentivo de este grupo que había dentro del Instituto de Educación Física y, en especial, de la profesora Mireya Gallinato. Estaba casada con Claudio Lobos que, a su vez, era el profesor titular que había en la asignatura de Folklore en el Instituto. De esa forma, por partida doble, empezamos a tomar contacto con el folklore académico.

Pero el paso más significativo lo tuve cuando entré a trabajar en la Universidad, al hacer una práctica. Como era de San Fernando, vivía en una pensión en Santiago, junto a estudiantes de otras carreras. Allí conocí a Arturo Herrera, dirigente del Centro de Alumnos de la Escuela de Agronomía de la Universidad de Chile, quién me insistió en pedir mi práctica en su carrera, donde no había nada relacionado al deporte, pero sí un grupo de alumnos muy aficionados a la guitarra, a la música. Y ahí empecé, cambiando el deporte por clases de folklore. No lo busqué, simplemente se dio.

¿Cómo se gesta en 1971 la Fundación del Grupo Antumapu?

Se responde con parte de lo anterior, pero ahí iniciamos todo el movimiento. Partimos por un curso y luego, el Decano decidió darle un valor académico a este curso. Esto fue el año 71, en el Campus Antumapu de la Escuela de Agronomía de la Chile, ahí nació el grupo y el nombre, con mucho brío pues eran muy entusiastas. Ahí comenzamos a hacer un proyecto: El Ballet Folklórico.

En 1982 participa en Francia en el Festival Mundial del Folklore de Dijon ¿Qué recuerdos guarda de esos momentos?

Recibimos una invitación de la organización que tenía a cargo este festival, la Fetes de la Vigne. Fue nuestra primera participación en un evento grande. Tuvimos el apoyo de la Universidad en parte de los pasajes y nosotros igualmente buscamos financiamiento por fuera y logramos asistir. Fue una experiencia muy bonita. Tuvimos la fortuna de conocer mucha gente de Europa y el mundo. En Dijon descubrimos la posibilidad de hacer labor internacional y eso lo hemos mantenido hasta hoy con 30 giras.

Vivimos estos festivales con grupos de muchos países entre ellos España y Grecia, que nos invitaron después. Pero más importante aún, hicimos contacto con grupos de la Unión Soviética, de Ucrania, de la Universidad de Crimea.

Como resultado de esto, en los años 88 y 89, organizamos en Chile el Primer Festival Internacional de grupos folclóricos. Durante la dictadura, nunca había entrado un ballet ruso a Chile, pero nosotros logramos que vinieran, fue extraordinario.

El 2020 la organización mundial CIOFF, que depende de la Unesco, está organizando una folkloreada, que es una suerte de olimpiada que se realiza cada cuatro años. Será en Rusia, en el mes de Julio, y a nosotros nos confirmaron como representantes de Chile.

Hábleme de su paso por la televisión en el programa Chilenazo, que conducía Jorge Rencoret.

Hicimos varias temporadas con Alfredo Lamadrid, como productor y con don Jorge Rencoret, como conductor.

Empezamos el desafío de crear cuadros folklóricos en el Canal. Tiempo después nos fuimos a grabar a la casa de la señora María Eugenia Silva, esposa de Raúl de Ramón, integrantes del dúo Los de Ramón. Eran propietarios del Restaurante Canta Gallo. En ese espacio tuvimos la oportunidad de ver a Los Chileneros, Margot Loyola, Tito Fernández, Paty Chávez, Arak Pacha y Los Cuatro de Chile.

El compositor rancagüino Ariel Arancibia, era el productor del área musical de Chilenazo. Yo interactuaba con Jorge Rencoret, haciendo un personaje apodado «El Patiperro», que relataba sobre las zonas que recorriendo y hacíamos un diálogo con don Jorge. Después dábamos paso a una muestra de la música y el baile. Al año siguiente, estuvimos en el Teatro del Liceo Manuel de Salas. Ahí se grabó el programa toda la semana.

Fue un gran desafío, porque ese programa se hacía todas las semanas y teníamos que crear algo nuevo para cada emisión. Fue una época muy productiva.

El paso siguiente fue el Festival de Viña del Mar, ¿cómo se gestó esa oportunidad?

El programa Chilenazo tenía un productor, Jorge Soiza, que después se fue a Canal 7. Él me telefoneó y me dice: Óscar está la posibilidad de hacer Viña. Dirigía Sergio Riesenberg con Tita Colodro. Nos pusimos de acuerdo e iniciamos el trabajo. Fue en febrero del 88’.

El Festival tenía siempre una obertura folklórica. Nosotros la hicimos todas las noches. En esa época no se daba la Gaviota así no más, pues era solo para la competencia. Tuvimos gran reconocimiento del público y nos dieron la Antorcha de Plata.

Hay un detalle importante que destaca. La noche que obtuvimos la Antorcha, fue por un cuadro que llamado «Huasos y Gañanes», que curiosamente monté a partir de unas vivencias de niño que tuve en San Fernando, específicamente en Puente Negro. Ahí, existía un restorán, «El Arriero», donde se juntaba la gente local a festejar y tocar música. Un día estaban unos hermanos, re buenos para la camorra, medio famosos, y llegan algunos huasos de por ahí, que empezaron a piropear a una niña buena moza que atendía. Estos hermanos se molestaron con ellos y empiezan la mocha. Volaron sillas y mesas. Y eso yo lo puse en el escenario.

¿Qué significa en su carrera la obra de danza Violeta del Alma mía?

Eso fue bien especial. Hubo muchos homenajes a raíz del centenario de la Violeta. Nosotros, no sé porque razón, tres años antes pensamos que sería muy bueno hacer un ballet sobre Violeta Parra. Quisimos tomar un poco de la obra que ella había hecho aquí o en el extranjero.

Hicimos todo un recorrido desde su infancia hasta su muerte, pero le dimos una perspectiva positiva a su vida, abstrayéndonos de cualquier polémica respecto a su personalidad. Quisimos dar la imagen de una Violeta que tenía momentos de grandeza y alegrías, resaltando lo positivo. En 2010, obtuvimos el Premio Altazor a Mejor Obra Coreográfica del año.

Luego fuimos a la Argentina a un festival y llevamos esta obra. Fue muy interesante porque la conocían casi a la par de Mercedes Sosa, más que a cualquier chileno.

¿Cuáles son los proyectos de Antumapu en el presente?

Tenemos dos proyectos importantes. En nuestras obras siempre hemos hecho trabajo de campo, de estudio. Ningún montaje ha sido producto de alguna creación sin inspiración. Hace muchos años hicimos un estudio en la Región de la Araucanía y montamos una obra que titulamos «Mapuches», pero la presentamos muy poco. Este año decidimos recuperar todo ese material, y volver a montarla.

Es una obra bien integral, que la reestrenamos después de 15 años en agosto pasado, en la Corporación Cultural Carabineros de Chile -aprovecho de agradecer al Director del Centro Cultural, General Juan Adolfo Irigoyen por el espacio- y fue un puente de unión entre esta institución y la cultura Mapuche.
El otro proyecto no lo puedo contar. Está en proceso aún.

¿Qué esperanzas deposita en el actual Antumapu?

Anhelo que el ballet siga después de mi jubilación. Eso será en dos años más, en 2021. En Antumapu tenemos un grupo de integrantes que son aspirantes. Los tenemos ahí en una especie de academia, que entran si se sale alguno.

La plana habitual entre músicos y bailarines, somos como 50 personas. Quién me sucede, eso lo tengo que ver. Estoy optimista, he conversado con el Decano y podría hacer una asesoría «Ad honorem» una vez que jubile. Eso me tiene tranquilo.

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