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Mundo Vino

Viña Kuriman: Legado, vino y vuelo

Los pequeños viñateros acopian las grandes historias de la viticultura, haciendo eco de ellas cuando continúan por generaciones produciendo vinos de belleza casi clandestina, marcados por el esfuerzo, cuyos cómplices son los pocos paladares que los conocen. En un pequeño rincón del Cóndor de Apalta, nos reunimos con la familia Ortiz, quienes con su proyecto abrazan el espíritu clánico y con sus vinos honran el terruño, el pasado y presente familiar.

POR PATRICIO MORALES L., ALVARO TELLO | FOTOGRAFÍA CLAUDIA MATURANA N.

Vagamente, la clasificación o dimensión de ‘pequeño productor’ nos conecta con la experiencia afectiva que puede involucrar hacer un vino. En algunos casos esa relación existe, pero ante la carencia de una crónica que nos introduzca en este hecho tendemos a ignorar aquellas relaciones, reemplazándolas por otras distintas.

En honor a todo aquello que el vino contiene, que puede capturarse a través de un relato y luego develarlo, el joven matrimonio de Javier Rojas y Leticia Ortiz nos comparten la hazaña de Gustavo Ortiz Ortiz, su abuelo, quien desde tierras lololinas, sin estudios, sin empleo, con dos hijos a cuestas, y sólo con la ayuda de sus pies, llegó al Cóndor de Apalta en busca de oportunidades, “y maravillado se quedó en estas tierras. Se instaló en un fundo, donde trabajó, encontró alojamiento y comida. Sabía hacer de todo: miel, zapatos y un licor conocido como el mistelón”, comenta su nieta.

Desde lo alto de la bodega contempla y escucha discretamente el padre de Leticia, Gustavo Ortiz González. En algún momento de su historia, luego de estudiar contabilidad, se dedicó a administrar el Fundo Manquehue. Por aquel entonces, un cooperado cercano comenzó a vender parte de sus terrenos, llevándolo a comprar algunas hectáreas, completando un total de siete. A poco saber, esos lares divididos son ricos en tradición bodeguera: corresponden al histórico Fundo El Cóndor, ex propiedad de Fernando Baltra, que abarcó una superficie de mil hectáreas y que según el catastro de Juvenal Valenzuela –fechado en 1923–, contaba con 54 hectáreas de cepa francesa, 31 de ellas en secano.

Ortiz González y su señora, Jacqueline Cabello, en un acto de correspondencia, conservaron esas parras centenarias de Cabernet Sauvignon, en rulo, sin riego. Irrumpe entonces la petición entusiasta de su hija y esposo: el deseo de hacer un vino. Inmediatamente se conectan con el antiguo viñedo y, para comenzar, ceden a la joven pareja ocho hileras de cariño generoso. Nace así viña Kuriman.

Este Cabernet Sauvignon, sin levaduras industriales ni intervención alguna, busca la sencillez que el lado frutal de la cepa entrega, con una acidez y frescor para beber sin cansancio, y que asegura su guarda para descorcharlo en un par de años. Es un vino con luz propia. Eso es Catalejo, eso representa.

En la búsqueda de un enólogo que interpretara el arraigo y el entorno, Javier y Leticia contactan a Nicolás Nazar, quien en esta bodega construida a pulso por don Gustavo, puso esas uvas a fermentar. Respetando el origen, se abstiene de emplear levaduras industriales, no ejecuta intervención alguna, no apela a triquiñuelas, deja que el vino haga su trabajo, que se exprese. Toma distancia de los vinos con características universalmente construidas. No pone en nuestro paladar un Cabernet Sauvignon pesado, extremadamente astringente o con exceso de madera. Por el contrario, busca la sencillez que sólo el lado frutal de la cepa puede dar, con una acidez y frescor para beber sin cansancio, y que asegura su guarda para descorcharlo en un par de años. Es un vino con luz propia. Eso es Catalejo, eso representa.

También encontramos un liviano rosé, que se extrae del sangrado del Cabernet, como si de una costilla fuese sacado. Se llama Rosalía, en honor a la matriarca, –la bisabuela de Leticia– y acompaña a Catalejo, que se identifica con el patriarca.

Como el cariño es un recurso inagotable, en casos como estos, los números y medidas respiran nobleza. Ya son 31 hileras, con las cuales harán sólo 3.900 botellas para esta vendimia 2019. Mientras hablamos de cifras, Gustavo Ortiz observa con entusiasmo, toma la palabra mientras degustamos su vino, y dándole arranque a su voz comenta: “Todo esto lo hice pensando no en mí, lo hice pensando en ellos, es de ellos. Esto es bonito, porque uno ve cómo se esfuerzan, ellos son la prolongación de uno. Todos piensan que es mi vino, pero no, es de mi hija y su esposo”, comenta.

¿Y si tuviese que expresar todo este trabajo en un par de palabras?, le preguntamos. “De principio, todo es hecho con amor, es el esfuerzo total de lo que hemos hecho por años… (se emociona). Yo prefiero correrme… porque siento que no puedo estar”. ¡Su padre estaría orgulloso!, insistimos a mansalva. “Es que no puedo hablar”, nos responde entre lágrimas y se aleja.

En ese instante, recibimos un regalo envuelto en silencio, en sollozo, en el vacío. Leticia nos comenta que su abuelo no alcanzó a conocer el vino, falleciendo dos años antes de la aparición de Catalejo 2016. En don Gustavo ronda el sabor inconcluso, “le hubiese gustado que mi abuelo conociese el vino”, nos confiesa ella.

En las etiquetas de Kuriman se imprime la mirada de ese cóndor negro, vigilante y omnipresente, que se deslumbró con aquel fragmento de valle fértil, trazando su vuelo sobre laderas y viñedos. Hoy, este proyecto enológico no sólo se materializa en su prometedora producción, sino también se sustenta en un legado, en una herencia que resguarda la memoria.

A 10 minutos de Santa Cruz, Viña Kuriman –ubicada en el sector de Apalta– abrió sus puertas al enoturismo, ofreciendo entretenidos panoramas que invitan a vivir una experiencia única en el Valle de Colchagua, donde los visitantes podrán participar de vendimias y cosechar con sus propias manos las uvas que se utilizan para la elaboración de sus mostos.

Asimismo, está la alternativa de integrarse a dinámicos tours y catas de diferentes cosechas, junto con deleitarse con exquisitos almuerzos, cuyas preparaciones plasman los secretos de nuestra cocina de origen. Una sala de venta, con artesanías y productos locales, complementa la oferta de esta viña, donde es posible adquirir todos sus vinos.

Contacto: jrojasv@kuriman.cl
Instagram: @vinakuriman
Teléfono: +56 9 7518 0312

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