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Desde la Ventana Titulares

MIRKO MACARI SQUELLA: DEL GRUÑIR DE LAS ÉLITES AL CANTO DE LOS ÁRBOLES

La escena clásica es, a no dudarlo, de un profundo y desgarrador dramatismo. En la explanada del majestuoso palacio real de Elsinor, el príncipe Hamlet oye a su leal centinela Marcelo susurrar lo siguiente (traducciones más, traducciones menos): «Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca». Instantes después, hace aparición en escena el espectro del padre muerto comunicándole a su hijo Hamlet que acaba de ser asesinado por su hermano Claudio con el propósito de usurparle el poder y la corona, y casarse con la viuda. Seguramente, ni Marcelo, ni Hamlet, ni el propio Shakespeare, autor de esta paradigmática tragedia, habrían de suponer que la frase en cuestión se convertiría con el pasar del tiempo en el signo mayor de los meollos del mundo del poder y la política.
 
POR PATRICIO ESPINOZA H. – PATRICIO MORALES L.
FOTOGRAFÍA CLAUDIA MATURANA N.
 

Quien sí parece haberla comprendido cabalmente es Mirko Macari Squella (53), periodista, analista, comunicador, coach ontológico y escritor chileno, ampliamente conocido y reconocido por su participación en la sui generis “cofradía” comunicacional-sociológica La Cosa Nostra, junto con los sociólogos Alberto Mayol y Darío Quiroga, entidad abocada a la reflexión crítica sobre el poder desde múltiples miradas y enceguecimientos: estética, política, cultura, cine, etc. Con él conversamos, inspirados por el fresco aire marino de un Pichilemu que parece internarse bajo las recurrentes olas del Pacífico. Con él tratamos de dilucidar, además, qué huele a podrido en el reino de Chile.

 

PERIODISMO Y ANTIPERIODISMO

Partamos por un presente más o menos cercano. En junio de 2023 publicas “Señor Director. Memorias desde el antiperiodismo”, texto que, según su descripción, repasa los últimos 20 años de prensa, historia y política de nuestro país. ¿Qué buscabas (y quizá sigues buscando) con este libro?

El libro tiene el propósito de cerrar un ciclo, el ciclo de periodista de actualidad y básicamente lo que fue siempre mi objetivo, mi deseo, trabajar en la prensa escrita era lo que me llamaba, lo que me movía. En un momento, además, en que esa tradición de los medios de influencia escritos se está diluyendo, se está acabando, por un gran cambio epocal que vivimos. El libro es un rito de despedida para irme agradeciendo y honrando lo que me tocó vivir, que creo fue poco (tampoco es tanto), pero tiene el valor de contar a la gente esta relación que no es tan conocida de trastienda: cómo funcionan los medios, su relación con la política, con el poder. Es un libro pensado para que la gente se entere de muchas cosas con nombre y apellido, y sepa cómo funciona esto. Lo mío –si tu leíste el libro– no es un espíritu de denuncia, es un espíritu de contar cosas y de divertirme también un poco con eso.

 

Ciertamente. Es una escritura muy fácil de seguir y proyecta una verdadera cercanía y simpatía con los lectores, una manera particular de exponer los hechos, las redes.

Es muy personal, no quiere dictar cátedra, pero el pequeño chisme o el pequeño dato va configurando un cuadro que le permite a la gente hacerse una idea mucho más próxima y más real de cómo son las cosas, que esas cosas nunca son en blanco y negro. No hay grandes lecciones, son situaciones profundamente humanas.

 

Sabemos que nuestro “horroroso Chile” (la expresión del poeta Enrique Lihn) está conformado por una variopinta mezcla de orígenes y nacionalidades. En lo personal, ¿qué significa para ti haber nacido y crecido en el seno de una familia de inmigrantes italianos?

Nunca me sentí muy vinculado a lo “italiano”, de hecho, la nacionalidad me cayó por rebote. No ando particularmente diciendo “¡Ah! tengo añoranza de Italia”. Para nada. Soy chileno de San Miguel, de una familia italiana, pero de San Miguel; y lo que me tocó de esa familia, aparte las discusiones que tenían en italiano mis nonos (porque cuando peleaban, para que no se les entendiera, discutían en italiano), es obviamente la comida, la tradición de las pastas y la comida en familia. Comí las cosas más deliciosas que podría haber, y me crie con esos nonos allá en Gran Avenida donde estaba esa cosa italiana y mucho cariño.

 

Ese afecto se manifiesta también en la dedicatoria del libro.

Por supuesto, con el tiempo se aprende que uno es sus padres, sus abuelos y todos los que lo formaron. La mayoría de los estímulos necesarios para ser el periodista que fui venían de todos ellos: de mi papá, de mi mamá, de mis nonos.

 

Antes de la “militancia” en el periodismo, tuviste una brevísima estancia de dos años en la Escuela de
Derecho de la Universidad de Chile ¿Cómo fue ese paso de las leyes al periodismo? ¿Reconoces algún factor detonante para ese cambio?

El derecho es una cuestión deprimentemente aburrida, es una cuestión técnica, latera, y yo siempre tuve inquietudes humanistas. No sabía que quería ser periodista. Pero no sólo tenía inquietudes humanistas múltiples: la historia, la filosofía, un poco la economía, la psicología, todas esas cosas me gustaban y había llegado a ellas a través del periodismo. Otra época. Una en que la prensa no solamente traía noticias con titulares, sino que traía artículos, artículos grandes de una página, que uno leía autores, debates intelectuales. Yo me sentaba al lado de mi nono a ver las noticias: Tele13, año 78-79, y esperábamos el comentario internacional de José María Navasal. Duraba 15 o 20 minutos, y ponía unas imágenes, el tipo explicaba cosas y hablaba del politburó, del partido comunista, la Unión Soviética y el congreso,
la crisis en el Medio Oriente, etc. El poder y el mundo me parecían fascinantes, estos personajes y estas cosas que pasaban me sacaban de la Gran Avenida, siempre tenía esa inquietud por comprender este vasto mundo y este juego de los grandes actores que movían el mundo. Desde ahí tuve ese estímulo y esa conexión, y siempre estuve interesado en comprender los procesos políticos grandes.

 

A propósito de la prensa. Has construido una carrera sorprendente en el periodismo nacional. ¿Te sientes un referente para la camada jóvenes de periodistas que se inician en los medios?

Yo no creo en eso, no creo que los viejos sean referentes de los jóvenes. Los jóvenes construyen sus propios referentes, pues tienen otra cultura. Sus referentes están en Tik Tok, no están en el periodismo de hace 20 años, ni siquiera de hace diez.

 

Volvamos a una de tus últimas jugadas maestras, el libro “Señor Director”. En él se observa un acercamiento inquisitivo y profundo a los “grandes personajes” gravitantes en nuestra sociedad, figuras que dirigen de alguna manera las distintas dinámicas sociales y que lo hacen a través del poder. En tu caso, ¿qué costos tuvo enfrentar al poder?

Un par de querellas. Estuve con una orden de arraigo, pero la verdad no siento que haya pagado ningún costo, todo eso fue aprendizaje y experiencia. Vi cosas que, de otra manera, sin esa experiencia no podría haber visto ni comprendido. Me metí a fondo en algo y eso implicaba que me iban a pasar cosas que estaban más allá de lo que muchos se imaginan, pero nada terrible. No fue una época terrible, fue más bien opaca. Los años de la transición, desde el punto de vista del periodismo, son opacos porque los límites se trataban. Íbamos a correr límites respecto a las cosas que se podían decir de los poderosos, en un momento en que la sociedad estaba viendo al Quique Morandé. Y está muy bien que así haya sido. La sociedad tiene sus propios ciclos, había dejado la politización o la pregunta sobre su sentido, y estaba consumiendo y entreteniéndose. Ese es el grueso de los años que me tocan a mí. Después –a partir de 2011– la sociedad empieza a reconectar con los grandes temas políticos, la impugnación de la transición que empieza a emerger. Hay una mayor politización que es mucho más evidente hasta hoy día.

 

 

“TODOS ESOS SISTEMAS CONSTRUIDOS SOBRE LA SOCIEDAD EN BASE A LAS ESTRUCTURAS INSTITUCIONALES DE PODER SE ESTÁN CAYENDO. NO HAY UNA CRISIS DE LA SOCIEDAD, HAY UNA CRISIS DE LAS ESTRUCTURAS DE PODER

¿Cuál sería la explicación de estas transformaciones?

Tiene que ver con un ciclo más largo y más acelerado de descomposición de la autoridad tradicional en Chile y en el mundo, eso es lo que me toca presenciar, ser protagonista en El Mostrador. Un ciclo de descomposición e impugnación de toda forma de autoridad que tiene que ver con los jóvenes, con lo digital y con íconos referentes muy distintos. Los jóvenes ya no vienen a hacerle estatuas a los viejos, sino que van a querer construir sus propios referentes, y eso es muy normal. Me siento un privilegiado de todo lo que viví, de lo que me tocó ver. No sé si te decepciona, pero no me siento pagando o haber tenido que pagar un costo por elegir aquello. El libro no refleja la idea de haber sido una víctima. Al contrario, el libro lo hice con mucho gozo: Oye, ¡qué bien lo pasé!, cuántas cosas viví que quizás otras personas no vivieron. Estas cosas hicieron que mi vida personal fuera muy entretenida y eso mismo me despertaba pasión, y ganas de levantarme.

 

Ganamos, perdimos, igual nos divertimos…

Claro. Yo creo que esa frase de Galeano –que no es suya, él la toma de un rayado de las calles de Montevideo referente al fútbol– resume muy bien esos 20 años de mi trayectoria. Tuve éxitos, tuve derrotas, pero lo pasé muy bien. Todo fue un aprendizaje para que me llevara a la siguiente etapa y un aprendizaje sobre mí mismo.

 

LAS INSTITUCIONES ¿FUNCIONAN?

En el libro planteas que el poder ya no se sostiene en una sociedad masivamente digitalizada. Argumentas además que el poder, de una forma u otra, no es capaz de sostenerse en esta suerte de caja transparente, esta especie de casa de vidrio ¿Crees que las redes sociales han sido determinantes en eso?

Son un factor muy simbólico, no el único, pero un símbolo de ese paso de la sociedad análoga a la sociedad digital. Un cambio de mentalidad completo, radical, y es lo que hace que el poder en las estructuras institucionales se esté cayendo a pedazos. Todos esos sistemas construidos sobre la sociedad en base a las estructuras institucionales de poder se están cayendo. No hay una crisis de la sociedad, hay una crisis de las estructuras de poder, son cosas distintas, y las redes son un factor clave, muy icónico de esa descomposición. Ellas perforan finalmente la idea de élites, las redes cuestionan aquello que antes no se podía, el sistema de conversación sobre lo público es un sistema que estaba muy mediado por una suerte del lenguaje del poder. Con las redes sociales llegan los “bárbaros”. Entonces esa idea, por ejemplo, que en Chile no se podían decir cosas de los presidentes se va a la cresta; la izquierda se da un festín con Piñera tratándolo de todo en las redes sociales, y la derecha hizo un festín con Bachelet y con Boric. Ese lenguaje es un síntoma de la descomposición porque horizontaliza el poder. El poder era una cámara secreta, un lugar al que accedían pocos. El poder radicaba justamente en que la gente no viera lo que pasaba ahí, porque si lo hubiese visto, se caía de espalda. Y lo que ocurre con la casa de vidrio es que la gente ve lo que pasa, ve lo que pasa en la Iglesia, en la política, en todas partes; los casos de corrupción, la pedofilia en la Iglesia, etc. Eso ya no se sostiene porque hay demasiada luz entrando en la casa de vidrio.

 

El cuarto oscuro del que hablaste alguna vez, ya no va más…

No poh…

 

El poder operaba o residía en ese cuarto oscuro. No sabemos si ese cuarto sigue existiendo, pero ciertamente se controlaba desde una élite.

Como que decía Tironi: el poder, para ser poder, debe tener secretos.

 

“¿TÚ ME PIDES EL PRONÓSTICO DEL DEVENIR INSTITUCIONAL? POR SUPUESTO QUE ESTAMOS VIENDO EL FIN DE SIGLO, Y CADA VEZ SERÁ PEOR, HASTA QUE SE DESPLOME TODO”.

 

Producto de todas estas mutaciones, ¿a dónde se muda el poder?¿dónde se concentra hoy?

En las personas. Las propias personas están cada vez más conscientes en la construcción de su propio poder y ya no hacen descansar su destino en lo que vaya a ocurrir a nivel de las instituciones. Por eso tenemos –como explico en el libro– este boom de la “autoayuda” o de la búsqueda de herramientas para encontrar el propio poder desde diferentes vertientes, en todos los idiomas, en todos los tonos. Los líderes o referentes les dicen a otros cómo gestionar mejor sus propias vidas. Ahí está claramente el poder, que pasa a ser un poder autónomo, un poder de decisión personal sobre tu propia vida, y entonces dejas de tener interés en la política y en todas las cuestiones institucionales.

 

El poder ya no está en la élite, los márgenes se corrieron…

Estos son procesos graduales. Nuestra cultura, la de Chile y la de toda América Latina, es de procesos elitarios. Más que ciudadanos somos élite, un país, un continente, donde el poder se construye sobre élites. Pero ellas están impugnadas, siguen siendo las que participan del poder institucional, pero esas instituciones –a su vez– tienen mucha menor legitimidad y menor fuerza. Hoy esas instituciones se pueden impugnar, y se impugnan de hecho. Los grandes acuerdos están impugnados. Entonces, es una ilusión querer construir grandes acuerdos desde la élite política, porque es ella la que está impugnada, y los grandes actores en general: la élite económica (que en Chile tiene mucho peso); la Iglesia, que pierde toda capacidad de injerencia o de poder de arbitraje.

 

¿Cuáles serían las causas de este debilitamiento de las instituciones, de esta crisis profunda de la institucionalidad?

En esto no hay un culpable, eso es lo más absurdo. Siempre nos gusta buscar un culpable, un responsable. Es un cambio de época, así avanza la historia: cambian los valores, las tecnologías son radicalmente disruptivas y, por lo tanto, la crisis a la que asistimos es necesaria. De ella emerge otra forma de construir el poder en la sociedad, que no tiene nada que ver con partidos, con izquierda o derecha, con autoridades tradicionales, con representantes. La democracia representativa está muriendo en todo el mundo. Obviamente los que están en la política se niegan a verlo, porque en el fondo, tanto analistas como periodistas y políticos, viven en ese esquema, no conocen otro. Pero claramente la gente está votando todos los días, no cada cuatro años: vota cuando pone me gusta, cuando pone compartir algo, y cuatro años son un tiempo infinito en relación con la velocidad del tiempo en el que estamos viviendo. Entonces da lo mismo quién gobierne o quién esté a cargo. Yo aspiro o espero (soy optimista) que después del caos venga una forma de organización, donde la ciudadanía tenga mucha más injerencia directa en la toma de decisiones. Estamos en un fin de ciclo que requerirá aprender que todos tenemos que participar de la toma de decisiones de aquello que nos incumbe.

 

LOS MEDIOS DEL PODER Y EL PODER DE LOS MEDIOS

En este empoderamiento ciudadano que describes, y apelando a tu ADN periodístico, ¿cuál sería un papel adecuado de los medios de comunicación?

Los medios son parte del poder, siempre lo han sido, y es ingenuo –iluso– que el marketing mediático diga lo contrario, que los periodistas se preocupan de la verdad. Son parte de un sistema, también viven el desplome de las instituciones. Ya no son arbitradores de la verdad social, ya no tienen la capacidad de controlar como podía ser en los 90’. La sociedad los desbordó y están a la deriva tratando de ir detrás de este río que es una opinión pública caótica, dominada por las estructuras de las redes. Los matinales son el intento más evidente de la necesidad que tiene la gente de, simplemente, encontrar a alguien que va a refrendar su propia opinión. La gente busca una verdad objetiva independiente de lo que piensa, tiende a operar por sesgo o confirmación, entonces si pensamos o creemos algo, vamos a buscar al que nos da datos u opiniones para reafirmarlo. Cada medio construye su nicho y cada periodista o referente va a construir el suyo. Hay gente que los sigue, gente que les cree, gente que no les cree, hay para todos los gustos. La prensa, como estructura institucional que decía lo que era la verdad, se acaba; y los medios están en ese mismo desplome. A la gente no le importa la verdad, ni le importa la objetividad, ni le importa nada. En ese sentido tenemos un pluralismo muy sano: tienes varios líderes de opinión en muchos sentidos que opinan cosas muy distintas, hay mucha diversidad de verdades operando.

 

Te gusta el poder, lo has declarado públicamente ¿Te sientes un periodista poderoso? ¿Crees que tu actividad profesional ejerció algún poder en su momento?

En El Mostrador, ¡claro! Efectivamente construimos poder y, por supuesto, yo estaba arriba de la pelota. Y me gustaba ese poder y me gustaba ser temido. Como digo en el libro, el verdadero poder en el juego de la política es cuando te temen, no cuando te dan premios ni nada. Mis mayores satisfacciones tenían que ver con reconocer ese poder, más que ganarme un premio.

 

¿Se equivocó el gobierno en el manejo del poder, tanto en sus relaciones con la oposición como en el vínculo con una ciudadanía cada vez más exigente?

Ellos no se dieron cuenta que eran parte del mismo poder que estaban impugnando al elegir un mal partido, al situarse en la izquierda. La izquierda y la derecha son parte de un mismo sistema. Se está cayendo todo como sistema. No puede haber izquierda sin derecha, ni derecha sin izquierda, no hay electricidad sin positivo y sin negativo. Esto es lo mismo, ellos tenían un diagnóstico muy parcelado del problema. No falso, pero fragmentado. Una verdadera pulsión generacional por cambios que son inevitables: el feminismo, el ambientalismo, las tecnologías, son cuestiones que llegaron para quedarse, son cambios culturales profundos, no porque alguien los traiga ni estén en la declaración de principios de un partido. Son cambios en la sociedad, en la mentalidad. El poder se aprende comiendo caca (sic). No es un camino de rosas, tienes que pasarlo mal, si quieres cambiar el mundo no lo vas a cambiar desde el gobierno, ni con un proyecto de ley.

 

Y desde esta lógica, ¿cómo ves a Chile en los próximos 10 años?

Lo que veo es justamente que este desplome institucional va a continuar, pero a la vez veo que está emergiendo gente con muchos intereses, instalando conversaciones distintas, mirando de otra manera. El tremendo movimiento que hay de la ciudad al campo, al revés del siglo XX, las ciudades se están volviendo caóticas y mucha gente con otra energía, con mucha autonomía y ganas de hacer cosas, de conectar con otra forma de vivir, está moviéndose en Chile. ¿Tú me pides el pronóstico del devenir institucional? Por supuesto que estamos viendo el fin de siglo, y cada vez será peor, hasta que se desplome todo. Pero la reserva está en personas comunes y corrientes que están construyendo otros estilos de vida, están con su energía puestas en otras cosas, en el medio ambiente, en la naturaleza, que es un fenómeno central de este tiempo. Otra forma de entender la vida, con tiempo para ti, para tu disfrute, para tu relajo, con otro sentido del propósito y del valor del trabajo. Ya no es los 90’, que era trabajar para tener éxito, llegar a ser gerente y estar arriba. Eso cambió, cambiaron las prioridades.

 

SOBRE LA MÚSICA DE LOS ÁRBOLES

Actualmente te desempeñas como coach ontológico y trabajas con plantas, un gran cambio en apariencia.

Estoy en varias cosas que tienen que ver con el nuevo poder. Me certifiqué de coach porque bueno, haciéndome caso, me dije: si el poder ya no está en las instituciones, puedo ayudar a las personas a desarrollar ese poder. El coaching es una herramienta que permite a las personas conectar más rápido con sus sueños, con el conseguir sus metas, porque el único impedimento que hay entre tus sueños y en alcanzarlos, eres tú mismo. Un coach es un entrenador que ayuda con preguntas poderosas… el arte de hacer preguntas poderosas para que la persona vea las limitaciones que hay en sí misma, en cualquier esfera. En todo ámbito está el desafío de encontrarnos a nosotros mismos, toparnos con nuestras sombras. Nuestros sistemas de creencias, lo que pensamos de nosotros mismos, muchas veces es un obstáculo, lo llaman creencias limitantes. Esos juicios radicales no están hablando del mundo, sino de nosotros mismos, y el coaching es una herramienta para desbloquear eso. No hay ninguna persona que esté en la élite global que no tenga un coach y eso te habla de lo importante de la herramienta del coaching.

 

A eso se suma la “música de las plantas”.

Este proyecto tiene que ver con que se armó una sincronía con un amigo, quien me invitó a que compráramos esta tecnología italiana que permite escuchar la vibración de las plantas. Y esto me ha abierto –y abre a las personas con las que compartimos nuestros talleres– a la experiencia de entender que vivimos muy limitados por nuestros sentidos. Vivimos en una cultura que está organizada en torno a creer que lo existente es lo que vemos y lo que escuchamos. Sin embargo, también hay un universo sonoro y visual por sobre y por debajo de lo que captan nuestros sentidos. La máquina permite eso. El lenguaje del universo, de todo lo vivo, son las frecuencias de las vibraciones. Nosotros también. Pero como estamos anclados en la mente y en la vista básicamente, todo lo que está fuera de ahí es magia. La máquina nos lleva a la física de punta, las plantas están sonando permanentemente en armonía, en una frecuencia armónica de orden. Al percibirlas nos damos cuenta que estamos conectados a través de esa vibración, porque la planta reacciona a la vibración nuestra, interactúa con nosotros. El lenguaje de lo vivo es la frecuencia de la vibración. El taller tiene que ver con eso: desarrollar la conexión con lo sutil. La palabra sutil, el conducto de lo sutil, es una habilidad para este nuevo ciclo que estamos empezando a vivir los seres humanos, el mirarse hacia adentro y conectar con las cosas sutiles que están ahí.

 

Sobre estos talleres, ¿a quiénes están dirigido? ¿dónde se desarrollan?

Estamos con varias líneas de trabajo. Una que tiene que ver con educación. Hicimos este taller de la música de las plantas en Los Ciruelos -sector de Pichilemu-. Fue muy bonito, los niños de distintos niveles estuvieron en la experiencia contestando preguntas. Fuimos a escuchar un eucalipto de 150 años en un bosque que para ellos es muy significativo, y es muy pedagógico. Además, es una experiencia que nunca se olvida. También estamos desarrollando talleres abiertos a quienes quieran asistir y buscando sponsors para hacer esta actividad masiva y gratuita. Ya tenemos el patrocinio de SQM, a quienes les encantó la idea. Y estamos buscando otros para mover esto por todo el país… llegar e instalarnos en una plaza, en un espacio público, y mostrarlo. Que la gente se acerque un fin de semana a caminar por un parque con la familia y se encuentre con esta experiencia y la sienta. Es algo que queremos masificar.

 

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